Este era el clásico café de un barrio céntrico de Madrid. Amplio, espacioso, con sofás de color rojo, veladores de mármol y todas las paredes cubiertas de espejos. Al fondo, observando a los clientes desde hace más de cien años, grabada en el espejo central, está la imagen alegórica de la Fama, esa esquiva musa que ha obsesionado a los artistas que se arrimaban a su calor.
Abierto desde 1902 ha pasado por todas las etapas imaginables. Para los que vivimos el Madrid de los años 80 y los 90 ‘el Barbieri’ fue como un faro de luz cálida en las frías noches invernales de Lavapiés. Entrar ahí era llegar a puerto. Un puerto destartalado y lleno de humo de cigarrillos, con servilletas y colillas en el suelo. Un puerto siempre habitado por algunos náufragos de la noche aferrándose a la penúltima copa. En esa época, que ahora parece legendaria, este fue de los últimos cafés, junto al Café Gijón, que tenían un cerillero titular. Aquí era una mujer entrañable que, sentada con su cesta de mimbre camino de los baños, ejercía de madrina de los descarriados a los que vendía cerillas, cigarrillos sueltos y papel de fumar, siempre con una sonrisa.
Ahora, tras de una etapa incierta, el Barbieri se ha renovado y lo que queda de él son las paredes, tal como eran, sí, pero sin ese perfume canalla que lo caracterizaba.
Leo por ahí que ahora se dice que por aquí pasaron el rey Alfonso XIII o Federico García Lorca, en un intento por añadirle un barniz ennoblecedor, pero en nuestro Madrid ese fetichismo sobre las celebridades nunca ha funcionado. Cuando de comercios se trata hay una especie de tabula rasa que nos unifica a todos por igual. En el barrio te dirán ‘Si venían, me alegro por ellos’.