Emilio Huguenin Lhardy, un joven pastelero francés, conoció a Prosper Merimée, que fue quien le sugirió abrir un restaurante en Madrid. Así llegó a la ciudad y en 1839, en este mismo local, abrió una pastelería, a unos pasos del café más famoso de la época, La Fontana de Oro.
Se sabe que en 1841 tiene la denominación de restaurante ya que organiza un gran banquete para el Marqués de Salamanca, ministro y una de las fortunas de la época, por lo que Lhardy ya quedaría para siempre unido al nombre del marqués.
Con una oferta muy distinta a las fondas donde daban de comer Lhardy en muy poco tiempo se trasformó en la única alternativa interesante para los múltiples viajeros europeos, como el propio Merimée o Alexandre Dumas, que recorrían España en busca de aventuras y rincones exóticos.
Emilio Lhardy fallece en 1887 y es Agustín, su nieto, quien se hizo cargo del restaurante, puesto que su padre se había dedicado por completo a su próspera carrera de pintor y grabador. Es en ese momento cuando se añade al local la fachada que vemos ahora, realizada en caoba de Cuba, y se creó el servicio de consomé en samovar que ha llegado hasta nuestros días. En 1890 añaden a su negocio el servicio de comidas del vagón-restaurante en la línea de ferrocarril Madrid-Bilbao. En 1906 instalan alumbrado eléctrico, aunque conservan las lámparas de gas como parte de la decoración.
En 1926 doña Emilia, bisnieta de Lhardy, y su única heredera, se retira y pasa el testigo a su jefe de cocina, Antonio Feito, y al jefe de pastelería, Ambrosio Aguado, quienes crean una sociedad y se hacen con el restaurante. En ese momento toda la clase política y los más reputados académicos, periodistas, intelectuales, toreros, actores y actrices son sus clientes. No podemos imaginar Madrid sin Lhardy, decía Azorín, y se dice que fue Pérez Galdós quien pronunció la frase Lhardy ha puesto corbata blanca a los bollos de tahona.
Los herederos de Feito y Aguado continuaron más de noventa años con la tradición del restaurante, hasta la segunda década del siglo veintiuno cuando, tras la crisis sanitaria mundial de 2020, la empresa se declara insolvente y un año después Lhardy es adquirido por la empresa Pescaderías Coruñesas, quién lo regenta ahora, al parecer sin demasiados cambios.
Su nombre representa el esplendor de cocina española y buena parte de los últimos 185 años de la Historia de España se ha tramado en torno a sus manteles y entre la elegancia de sus paredes. Como dijo Azorín: En el espejo de Lhardy nos esfumamos en la eternidad.