A un centenar de metros de la Puerta del Sol, y en una travesía por donde no pasan coches, se esconde este secreto a voces. El lugar donde se hace el mejor hojaldre de la ciudad, tanto en sus formatos dulces como salados y, cuando es temporada, el más extraordinario dulce de membrillo.
En Madrid hay cuatro pastelerías centenarias y esta es la más antigua. Fundada en el año 1830 por la familia Agudo, con el nombre de Horno del Pozo, durante el siglo veinte fue comprada por el repostero Julián Leal Charle, cuyos herederos llevan la pastelería en la actualidad.
En El Pozo los dulces se hornean con el calendario. El 17 de enero, panecillos de San Antón; en febrero los carnavalescos, con nata y huevo hilado; en Semana Santa, las torrijas; en San Isidro, rosquillas, en noviembre, buñuelos; en Navidades, roscones y los fines de semana, pestiños y bartolillos fritos con miel y rellenos de crema.
La fachada en su austeridad castellana es la mejor muestra de su autenticidad. Traspasen esa puerta y entrarán en un mundo mágico, el de las pequeñas delicias, y compartan los mismos sabores que antes que usted degustaron sus célebres clientes habituales, como Pío Baroja, Jacinto Benavente, Gregorio Marañón o, más recientemente, el pintor Antonio López.
El interior de este comercio es una pequeña bombonera, nunca mejor dicho, inalterada en los casi doscientos años que lleva funcionando. Mostrador de mármol con adornos de metal, vitrinas de madera, balanza de dos platos, lámpara de latón y una caja registradora reluciente, todas piezas dignas de estar en un museo. Les garantizo que de este comercio saldrán con una sonrisa en la cara y con alguna delicia, envuelta en un paquetito de papel inmaculado, atado con cuerda blanca, como se hacía antaño.
(La imagen la encontrarás en el capítulo ‘Puerta del Sol – Ópera‘ del sitio web, junto a un mapa que ubica dónde está exactamente)